Realidoflexia: Acción de modificar la realidad a través de dobleces, flexiones y torciones para conseguir lo irreal.

6 ago. 2011

Berlín otra vez




Estoy en mi habitación berlinesa, de unos treinta metros cuadrados. Aquí huele a blues. Estoy excitado de la gran vida que vibra a mi alrededor y en mi interior. Me siento contento, incluso feliz. Cynthia me proveyó de las mis alimentos preferidos. Entre otros, de cine, arte y cerveza.

Empezamos el día en el museo del cine de Berlín. Tiene una entrada impresionante de espejos y proyecciones de lo clásico: Dr. Zhivago, Marlene Dietrich, Metrópolis, Nosferatu, etc. Impacta, te deja mudo, ver el cine multiplicado y a ti en ese espacio escheriano. El museo de tres niveles cuenta con memorabilia de las diferentes épocas del cine alemán. Empieza con tomas mudas de 1907 del emperador, tipo las de Porfirio Díaz. Siguen filmaciones de esas en blanco y negro retocadas con color por manos de mujeres, porque era más barato. Hay una pantalla con sillones donde se ven escenas de las divas de la primera época del cine germano. Una selección de escenas de una actriz que expresa con su rostro y manos el amor y desamor, provocó que una lágrima saliera de mis ojos. Fue cosa de ver la alegría y el dolor de un ser humano, de una mujer, como todas y como la que tienes contigo.

Siguen las películas clásicas. Muestras de los guiones originales de Metrópolis, una maqueta de Dr. Calligari. Hay un piso completo dedicado a Marlene Dietrich: vestidos, películas, guantes, maletas, caja de maquillaje, canciones y demás.

La parte dedicada al cine del Tercer Rich (Nacional Socialismo, Hitler) está en un espacio frío, metálico, donde asoman manijas de gavetas, tipo morgue. Sacas una gaveta y sale una grabación pro-nazi, otra, y ves propaganda antisemita.

Finalmente, está la parte dedicada al cine de post-guerra. Lo mejor es un mural donde se muestran los pósters de las películas más taquilleras en cada parte de la Alemania dividida: en la parte occidental pululan las dedicas a apaches, vaqueros, comedias; en la oriental, los dramas como el de “Yo, Christina F”. Película que conocí gracias a Manuel Díaz, un gran carnal, y gran película. Los cabrones del museo no dejan tomar fotos ni grabar. Me llamaron la atención por hacer clic a mi cámara. Después, me advirtió que “ya me había avisado una vez que no podía”. Dije “Ahora tomo video. ¿Tampoco se puede?” Me dijo que no. Compré algunas postales. Estuve a punto de comprar el guión de Dr. Caligari pero la carestía económica y Cynthia, me hicieron poner pies en tierra. Me compré un llavero de claqueta.



Más tarde, Cynthia me invitó a comer en un restaurante de turcos que por el Ramadán pusieron todo a la mitad de precio. Comí pechuga de pollo con papas y un espagueti a buen precio. Y de allí dirigimos los pasos al Tachelles. Antes, una iglesia llamó mi atención. Estaba cerrada. En la entrada, un vagabundo nos dijo, en inglés, que el domingo estaría abierta desde temprano.

Tachelles es una Casa tomada, al estilo Cortázar. Allí se han instalado una horda de artistas urbanos emergentes. Cada una de las paredes está tapizada por grafitis de todo tipo. En el segundo nivel, la música mexicana dominaba: tropicanías que no conocía. Cada habitación del viejo edifico es un estudio-galería. Una china-vietnamita-japonesa-o-no-sé-qué tenía unos dibujos que combinan lo hentai con motivos erótico-lésbico-dramático. En uno de sus cuadros había dos conejitas con cuerpo de mujer: una detrás de la otra. La primera estiraba la pierna con media de red hasta pasarla por la entrepierna de la que está adelante con un jadeo en la boca abierta.

En otras habitaciones había arte de colash. Allí compré una postal que tiene al centro a Ginsberg; a los lados a Kerouac, Burroghs y Kassady, cada uno sostiene su gran libro Beat, en medio de un E.E.U.U. lleno de anuncios luminosos.

Lo demás eran diseñadores con pose de artistas. Había uno que hacía óleos que le impresionaron a Cynthia por sus texturas, ojos azules con iris de reloj. Algunos eran artesanos mexicanos. Escuché a uno decirse oriundo de Cuernavaca que quiere hacer dinosaurios.






Salimos de allí con los pies palpitantes. Fuimos en transporte público, el único en el que nos hemos movido (además de la bici), hasta Frankfurter Tor. Allí empezaba el Festival de la chela (Bierfest). Caminamos tratando de decidir por qué cerveza empezar. Las opciones son tantas, que marean: vietnamitas, holandesas, alemanas, checas. De México sólo estaba la Corona.

(Interrumpí mi escritura para ir por otra cerveza. Ya sé que son casi las dos de la madrugada. Pero necesitaba combustible. Fui en bicicleta. Creo que no he hablado lo suficiente de ella. Es de aluminio. La acompañante más ligera que se pueda encontrar. Es de estilo “reto”. Su manubrio se curva hacia abajo. Tiene porta bultos y luces trasera y delantera que se encienden con la propia rotación de la rueda de adelante. Fui tan rápido como pude. Siempre que pedaleo solo acelero. Es una sensación de libertad, de individualidad, única. De regreso me encontré con una ciclista alemana. Competí con ella, sin que ella lo supiera, la calle que teníamos delante. Le gané aunque con esfuerzos, mientras ella parecía tranquila, sin darse cuenta de mi deseo de triunfo efímero. Cuando encadenaba mi cleta bajo el edificio donde vivimos, oí llorar a un niño. Creo que es el hijo, de zapatos rojos, de un matrimonio oriental. Ojalá pueda dormir tranquilo.)

Puestos de las diferentes marcas de cerveza delineaban el camino. Bancas y mesas largas daban un descanso a los paseantes. No vi a una sola anciana, chico fornido… a nadie sin cerveza en la mano. Una fila iba, la otra venía. Busqué las bebidas elaboradas de manera artesanal. Me recomendaron las checas. Me decidí, para empezar, por una rusa de nombre Maybeer. Dejaba un sabor agridulce en los labios.

Nos sentamos en una mesa larga. De entrada, los alemanes que estaban allí nos dijeron que estaban ocupados los lugares. Evaluaron su decisión por unos segundos y decidieron que había dos vacíos. Uno frente a otro. Cynthia y yo relajamos las piernas, mientras decidíamos si nos gustaba la cerveza. El hombre que tenía al lado Cynthia la miró de las nalgas al cuello y luego a mí. Me quedé serio. Lo hizo una vez más. Entonces preguntó algo. Cynthia, que no había notado nada, contestó. Él estiró el cuello. Se acercó. Un poco más. Otro poco. Aún más. Para ese momento, ya sabía de dónde veníamos y otras cosas así. Parecía un adolecente en el cine con su amiga: empujando su culo centímetro a centímetro sin que ella lo notara, pero yo sí. Preguntó qué hacíamos en Berlín, le dije que de luna de miel. Se sorprendió. Luego llegó su esposa. Nos tomamos fotos con ellos. Todos cantaban las canciones del audio local, algunas parecían norteñas, otra nos recordó una de los ángeles negros, la misma tonada. Nuestro recién conocido se fue. Había un DJ como los mexicanos que interrumpen las canciones y dan un saludo a alguien. Decidimos irnos de allí y seguir el camino. Cynthia me hacía otro cigarro (es más barato comprar tabaco, filtros y papel; que en cajetilla. Y yo soy muy torpe para tales maniobras), y él regresó con cervezas de regalo para nosotros. Permanecimos con ellos un momento más con sus globos de helio de Bob esponja y Corazón. Seguimos camino en cuanto pudimos.

Siguieron: una cerveza rara, nada especial al paladar. Luego, una artesanal de Bohemia de trigo, del tipo que me gusta. Para ese momento mi panza era un globo como el del globo de Bob esponja. Caminamos entre hombres y mujeres hasta el Ubanh (metro) más cercano.

Llegamos a la estación Weberwiese (cercana al hostal donde nos hospedamos recién llegados a Alemania). Como nunca, estaba llena de gente. Cuando llegó el tren, nos apiñamos como si fuera Pino Suárez. El calor, lo mismo cocía a güeros que a morenos. Durante algunas estaciones, mientras llegamos a Tierpark, nos sentimos como los pollos rostizados que venden los turcos en sus puestos.

Caminamos y llegamos hasta esta habitación, con su cocina y baño aparte. Las voces alemanas de alguna fiesta cercana llegan hasta aquí. Yo acumulo botellas en este escritorio. Y pienso en la gran equivocación que cometí hace unos cinco años cuando le decía a Benjamín García, mientras caminábamos ebrios por la Roma: “En América, el arte está vivo. Las vanguardias provienen de acá. En Europa, la cosa está muerta, sepultada.”

Ahora veo que aquí todo vibra, crece, evoluciona sin los prejuicios de la América Latina. Europa es más cosmopolita que ninguna ciudad del continente latinoamericano. Y eso nutre de un zumo incomparable a los lugares de aquí. Negros, judíos, católicos, testigos de Jehová, latinos, turcos, chinos; todos, en esta Torre de Babel, nos encontramos en un diálogo interminable, libre de lenguas. Aquí predicamos el único himno universal: ¡viva la vida!

Aquí todo vibra como yo.



1 ago. 2011

Poesía, cine y jazz de fondo



Howl es el más famoso poema de Allen Ginsberg y la Beat Generation. Citado frecuentemente en la cultura popular, el año pasado se convirtió en el título y motivo de una película escrita y dirigida por Rob Epstein y Jeffrey Friedman, cineastas interesados por tratar asuntos gay en la pantalla grande (como el documental The times of Harvey Milk).
La cinta gira en torno al poema, desde cuatro puntos distintos:
La lectura del poema en un bar, una entrevista a Ginsberg, el juicio a Lawrence Ferlinghetti por la edición del poema "obsceno" y las animaciones que acompañan fragmentos del poema.
La estructura teje de manera sutil los cuatro abordajes para penetrar en el poema, la vida del autor y su contexto social. En algunos fragmentos de la animación aparece el jazz, ineludible debido a su influencia en el escritor, en los jóvenes de aquel tiempo, en los versos.
A lo largo de casi hora y media, la poesía va y viene crece, se apacigua. Los versos inundan, se agazapan; logrando así una buena muestra de que en el cine puede hablarse de poesía, siendo la protagonista, la detonante de asuntos paralelos, siendo ella la portavoz y la voz misma del filme.
Un momento: "Y soplaron el sufrimiento fuera de la mente desnuda de América por el amor"



Cuando François Truffaut rodó su primer largometraje con algunos pasajes de su propia adolescencia, creó uno de los principales referentes de la Nouvelle vague. De un opresor salón de clases, Truffaut nos lleva a una prometedora playa.
Antoine Doinel es un buscador silencioso de su propias claves. Intenta encontrar su lugar en el mundo, su voz, sus sueños, en medio de un medio que lo aporrea a cada paso: su madre, los maestros, los compañeros de escuela, la verdad.
En esta cinta, la poesía reina de la manera más sutil: en la fotografía, en las miradas, en la historia. En cada detalle la poesía de un creador como Truffaut opaca o llena de brillo cada escena: el dibujo de una mujer que pasa de mano en mano, el caballo, la foto de Balzac, la máquina de escribir como botín obsoleto, los ojos de los niños en el teatro de títeres las rejas, la madre en brazos de un hombre, las olas que rosan la arena, el jazz en el camión.
Alguno dirá, esa es la poesía del cine. Y estaré totalmente de acuerdo. Y añadiría: la poesía del arte, de la narrativa que, desgraciadamente, brilla por su ausencia.
Por su puesto que es casi imperceptible y breve, el jazz fondea un juego de pin-ball.

Un momento: Cuando forja un cigarro con papel periódico en su celda.

Con estas dos películas, reconocidas por su manufactura, alcanzo a ver dos afortunados caminos para que se encuentren la poesía y el cine. Sugerencia, invitación, llamada. La poesía es el germen de las historias humanas como las de Ginsberg y Truffaut.