Realidoflexia: Acción de modificar la realidad a través de dobleces, flexiones y torciones para conseguir lo irreal.

24 nov. 2010

Standing Ovation

Acabamos la grabación del nuevo preoyecto: el videoclip de Standing Ovation, dirigido por Manuel Díaz, fotografiado por Iván Vilchis, actuado por Lila Avilés y Christian Vázquez, y producido por su servilleta. Las fotos son cortesía de Neftalí (uno de los Niños Lobo).

Aquí unos adelantillos.


19 nov. 2010

ventana rota

Normalmente no antecedo una lectura. Pero ahora, quiero compartir el momento en que escribí las siguientes líneas.
En medio de una rola del Exnoma, en pleno homenaje a Miguel Gallardo, mi gran amigo hoy fugado, me dieron ganas de escribir quién sabe qué (ese impulso del espíritu), écomo hacía ya tiempo no me sucedía. Entonces barajeé algunas ideas y terminé escribiendo algo que no pensé cabalmente.

Con más olor a caballo
troto por tentaciones
de ver a estos muertos.

Se asoman por ventanas rotas
hechas de cal, velas y pétalos.

Muertos que danzan, cantan
tocan guitarras y tambores;
toman fotos y te toman el alma.

Ventana abierta en medio de la nada
ventana de otoño
ventana cuenta regresiva
ventana cicatrices
ventana resistencia
ventana de viento y luna.

De este lado de la ventana
tengo tentaciones de volver con ellos.

12 nov. 2010

VERDAD


Por fin, luego de muchos meses, Manuel Díaz, mi carnal, subió VERDAD, el cortometraje que dirigió y escribí hace varios años (mejor no sacar cuentas).
Aquí el link para ver aquello que hicimos en 2007, sólo hay que hacer click en el botón de play:

http://vimeo.com/14761195

Espero comentarios

2 oct. 2010

Mi hermana se tutuló 2

Tienen que ver la entrada que está abajo para entender ésta.

Este video también está dedicado a mi hermana, a quien le gusta la banda (inexplicablemente, porque a nadie le la casa nos gusta esa música, seguro lo desconozco por sus años “perdidos” para mí).

Al margen del sentimentalismo, quiero decir que me valoro la versión de estos cuates por su autenticidad, si dejo de pensar en los Caifanes, se las creo, de nos ser por la letra.

También se la dedido a Engie.

Disfrútenla, disfrútala Engie.

Mi hermana se tutuló 1

Mi hermana, la menor, aprobó su examen profesional. Es la primera en la familia que decide y logra titularse. Mis padres, dijeron que sería un buen ejemplo, refiriéndose a mí. Yo, acorralado, respondí que, como dice la Biblia, “los últimos serán los primeros”, porque ella es la menor de tres. ¿Qué más podía decir?

Debí decir que me siento orgulloso porque ella consiguiera lo que sus hermanos mayores no. Pero la educación sentimental en mi familia ha quedado suscrita a mi mamá, la cual no pudo hacer mucho con los ejemplos de parquedad de mi padre (que dice "te quiero" de una forma muy honesta y fiel), de los cuales aprendí mucho.

Ahora, me cuesta mucho expresar las alegrías. Por ejemplo, cuando le di el abrazo a mi hermana por la aprobación de su examen, tuve ganas de cargarla (aunque eso pudiera hacer resucitar mi hernia inguinal), de bailar sin música, con ella. Sólo me limité a decir “felicidades” en su oído.

Quizás aprendí a expresarme con las letras desde la cobarde distancia que da la escritura. Si a caso leyera esto, sepa que estoy muy contento de los alcances que tuvo su perseverancia, que aprendió de sus dos hermanos mayores lo mejor: el orgullo y la disciplina.

¿Justificación? Puede ser. Este texto sirva para hacer patente (que conste!!) que lo que mi hermana ha alcanzado es lo que nadie, con los dos apellidos que llevamos, ha hecho jamás.

Escribiendo sobre esto, es inevitable que vengan a mí recuerdos de antaño, como cuando ella ponía una y otra vez ad libitum Esta Navidad (con Falns, Yuri, Mijares y cuantos cantantes de moda en ese tiempo de Televisa), cuando quería defenderme de amenazas de condiscípulos o albercas asesinas, cuando me decía perro (como si eso fuera la peor ofensa).

Ayer o antier fui a felicitarla y a comer en casa de mis padre (los viejos, como mi padre dice). La vi hablando, a mi hermana, yo no traía lentes, lo que produjo que la viera un poco borrosa. Entonces me di cuenta de la mujer que ahora es, una mujer con gustos (la música banda), manías (soltarse el pelo), y ademanes (iguales a los de mi madre, en eso tiene razón mi padre) que corresponden a una mujer a la que perdí de vista hace unos años y que ese día volví a encontrar, nueva, distinta, grandiosa.

Ahora les dejo un video que, seguro, a ella le va a gustar. Por un lado la versión de Banda Limón de una canción de Caifanes; por otro, la canción de navidad que tanto sonaba en pleno verano mi casa infantil.

Engie (tiene nombre raro igual que yo), estoy orgullo de ti, hermanita.

3 sept. 2010

Cambiar o morir



El insondable desfiladero siempre espera al final. Parece gritar con su
voz ígnea: “Hasta aquí”. Los pasos regresan sobre sí, temerosos. Vuelven
al aquí, una seguridad acabada. Pero el viento, con su alarido de
seducción canta por lo que viene, el allá. Cuesta trabajo, pero el salto
a lo desconocido es un nuevo principio: la fuerza del cambio. El
abismo deja de ser una resistencia, para convertirse en el terreno de la
reinvención.
He de estar en el abismo siempre, he de caer elevándome, he de destruir
barrancas con mi fuerza de hierba que crece, de pez que se sumerge,
de divinidad humana. Dios vive en mí y cambia (vive porque
cambia), todos los dioses y todas las criaturas me habitan, se transfiguran
y se combinan. Dios jaguar, dios hormiga, diosa serpiente,
dioses manada de búfalos. Dioses que trotan, cazan, hacen madrigueras,
me enseñan una sola cosa: cambia, transmútate, truécate, altérate,
renuévate, o morirás en la planicie del desfiladero.
Soy un bicho nuevo cada día. Nunca tengo el mismo caparazón a
diario, mis antenas crecen más o se contraen, mis ojos sobresalen, se
multiplican. Desde la visión de tres ojos me miro y sé que no soy en
definitiva, soy en proceso, soyendo. Cuando he tratado de ser un soy,
me he petrificado. Y cuando en mis manos están los monolitos de permanencia,
rezo por su muerte perpetua. La jaula del pájaro, a veces me
recuerda el revoloteo de una memoria amarillenta y se mueve, se
baña, come alpiste; otras, me reclama su envejecimiento ocre; nunca
se repite, se niega a morir. Ahora dije esto, ahora dije lo otro, ahora me
silencié, ahora te observo, ¿saltas?

20 jul. 2010

Jazzeando letras

Amigos, el taller de jazz y literatura Jazzeando letras, se aplaza para juntar a más concurrencia. Pasen la voz.



13 jul. 2010

Viola



1
Con su mirada severa apunta a una bestia. Se balancea siguiendo el movimiento de su presa con la ballesta recargada en el hombro. Sin decir palabra pregunta “¿Que no puedo matar un jabalí por mi mismo? Ya verán.”

2
La espina dorsal del gato se extiende por su brazo. Con la mano izquierda le sujeta el cuello y la cabeza. Acerca el oído a milímetros del pelaje. Con la barbilla y parte de la quijada trata de sentir el pulso del felino. Lo mueve de atrás hacia delante de sí. Intenta reanimarlo, a un ritmo constante y fluido.

3
Rajas al Tiempo con esa espada fina de pelos largos. Sufre el pobre. Su lamento es una construcción de líneas; derechas van hacía arriba y abajo; orgánicas, se esparcen por el techo, escurren por las paredes y luego saltan hasta mí, entran como agujas hipodérmicas o hilos de vapor. Todo pasa instantáneamente: tú pasas tu sable y la expresión del Tiempo me cala los huesos de harmonía.

4
Si se enfría la música, se hiela el mundo. La saliva de las ballenas se congela. Las palabras zumban como coleópteros. Apaguen las luces, que vuelva el mundo a respirar.

5
Un niño te mira sin comprender, con miedo. Penetrantemente lo observas. Mientras hablas, inquieres con la mano. Preguntas con la boca hierática, mil veces lo mismo “¿De dónde sacaste esas pantaletas?” No lo golpearás, él lo sabe. Respiras. Un recuerdo de tu infancia ha vuelto a ti. Tu rostro anciano se torna somnoliento por la evocación. El sudor escurre por tu cuello. Con un movimiento de tu cara le indicas al infante que se vaya.

6
Ya no mires así, abuelo. Deja tus artificios de mago con el tiempo. Mi gato ya murió, ¿no lo ves? No les demuestres nada, yo sé que puedes hasta con un rinoceronte al primer intento. Toca la viola y arrúllame.
Y déjame para el sueño, el Scherzo de ese quinteto de Brahams para dos violines, viola, chelo y piano.

7
Soy un espía. En esta noche de mi sueño eres un dios de luna. Robo, escapo, me escondo. Abordo un barco y veo el mar. Una mujer parece ser del Servicio Secreto. Pero no, es mi gran amor. En mi sueño blanco y negro de película muda, ella y yo huimos. Por las ventanas de los camarotes se reflejan tus ojos blancos. Alguien cae al mar. Me arrojo a las olas. Lo salvo. En cubierta todos me aplauden. Una mano frota la barba, escrutadora, mientras me mira. Me han descubierto. Doy unos pasos atrás. La mano viene hacia mí. Me tomará. La mano lo cubre todo.

Salgo de ese sueño y entro a otro como quien pasa de una habitación a otra.
Te veo tocando en un auditorio con gente acalorada. A momentos, tú y los otros músicos, quieren regresarme al sueño de la película muda. A un violín le brotan virutas de su arco: a veces crines de caballo salvaje corriendo por el campo; a veces un apéndice-carnada (filamento lento y ondulante) de pez que espera bajo la arena que su cena pique el anzuelo. Hay un brillo opaco en este sueño. Me desespera.

8
Se enciende el sol. Me picas las costillas con tu viola y me tiras de la cama. Ya no tienes los ojos blancos de dios lunar. Las pantaletas de mi mamá siguen bajo el colchón. Caigo junto al tiempo que yace desangrado. Toso, pelos como de gato se enredan en mi garganta. Les has demostrado a todos: tocas tu viola como si tocaras tu viola.

16 jun. 2010

Taller de Jazz y literatura




Amigos les invito al taller que impartiré en foro Shakespeare. Pasen la voz. Los datos a continuación.



• Jazzeando Letras / Jazz y Literatura•
• Imparte: Everest Landa.

• Inicio: 06 de Julio 2010.

• Horario: Martes de 19:00 a 21:00 hrs.

• Periodo: 24 Sesiones (6 Meses).

• Lugar: Espacio ½ Urgente.

• Costo: $800 mensuales y $200 de inscripción.
Cupo limitado a 15 alumnos
Dirigido al público interesado.

• Meta: El Conocer el desarrollo histórico del jazz desde sus raíces africanas, hasta nuestros días a través de una revisión musical y escrita. Desarrollar la creatividad literaria a partir de motivos musicales y culturales alrededor del jazz. Ubicar el contexto histórico, social, político y cultural de los diferentes momentos del jazz. Trabajar textos en forma de taller literario.

*Para ingresar a los talleres se necesita previa entrevista.

• Informes e inscripciones:
A partir del 11 de Enero. Lunes a Jueves 11:00 a 18:00hrs.

• Email: tap@foroshakespeare.com

• Oficina General: tel. 52 86 15 05

De nuevo en La Tempestad universitaria




Publicaron una reseña que hice sobre Pacific, esa magnánima serie de Spielberg y Hanks. Además hay cosas futboleras y artisticosas que pueden ser interesantes. Aquí el link:

http://issuu.com/laTempestad/docs/uni40

14 jun. 2010

Kazuo Ono / Butoh


Kazuo Ohno


El 1 de junio murió Kazuo Ohno, el creador de la danza Butoh. Desde ese día quería escribir algo sobre esta expresión artística, pero no fue, sino hasta hoy que pude.


Horror.
Los músculos faciales se estiran como ligas.
La gravedad, estática, cae al vació.
Enajenados por la muerte,
los ojos se proyectan como caricias de paloma.

Una gruesa telaraña de ronquido
cubre la cara con su manto blanco,
el blanco de la muerte, cegador.

Desamparado, olvidado, extraviado,
horadado, transmutado, evaporado,
encontrado, naturalizado, el cuerpo
pregunta en la sombra,
como un faro quebradizo.

Cielo y tierra entran por el ombligo.
El espíritu vaga en los dedos.
Danza el dolor.

31 may. 2010

El aguante (Segunda parte)




Desde el lado izquierdo (mío, derecho de los músicos) del escenario, le veía la parte blanca del bigote. Vestía de negro: gabardina larga y corbata desajustada. Entró, de inmediato tomó el piano.
Demolió hoteles, se calzó los zapatos de goma, recordó ser un vicio, se puso verde.
A momentos se me figuraba a Taibo II, más delgado. Levantando las manos, arengaba a la multitud para corear o aplaudir a un mismo ritmo. De pronto dejaba las teclas para levantarse y bailar un poco, tocar la guitarra. Parecía divertido.
Se le notaba honesto, convencido de cada palabra y acorde. Desafinó, a nadie le importó, así es Charly. Dije, como todo un fanático, a Miguel: Él puede tocar, incluso con los pies, si le da la gana.
Tren, avión… tren avión.
Abría los brazos en la primera palabra, como planeando. En la segunda los pegaba al cuerpo y los movía como ruedas de una locomotora. Entendimos rápidamente que se trataba del éxito. Hilda Lizarazu, corista, parecía una sirena, un hada con los tonos luminosos de su canto.
Para esa hora estábamos a tope. Los momentos tranquilos se agradecieron para poder fumar (lo bueno de estar al aire libre). Luego de dos horas la música llegaba al final.
Charly dijo algo como: Valió la pena esperar, ¿no?
Entonces preguntó Che, si en verdad me tomás en cuenta, deberías saber por qué… Es muy fácil decir lo siento (y mentó la madre con el brazo). Con una canción donde advierte que todos están muertos, se despidió.
Me sentí adolecente de nuevo. Ese es el gran poder de un concierto, sacar de uno esa cantidad de fe y detonarla en un momento muy corto. Pensé que había perdido esa capacidad de adoración, orgasmo multitudinario, brinco, desgarre de voz. Hace poco acudí a la plaza del Zócalo y me quedé helado con Molotov, Maldita, Jaguares. Pero esta vez fue totalmente contrario, estaba delirante de escuchar por primera vez esas rolas que tanto había puesto en el carro, los audífonos, la fiesta.
Acompañamos a Mr. Fly para entregar el póster que ilustra la primera parte de esta crónica y otras cosas que ha hecho en torno al bonaerense. El negro, guitarrista, se tomó fotos, autografió guitarras y llevó el paquete de Mr. Fly directo a las manos de Charly García, eso dijo.

Regresamos a donde estaba nuestro clan formado fortuitamente en el concierto y a los pocos minutos, los gritos nos alarmaron: Charly salía, subía a la camioneta. El chance, pensé. No se piensa claramente, no se sabe exactamente qué se busca, pero uno va, como esperando la oportunidad de conocer de cerca al ídolo (en el sentido religioso). Igualmente, por instinto, quise brincar la cerca, como lo habían hecho un hombre y una mujer. Un policía me miró fijamente a unos diez metros, me apuntó con el dedo y grito firme: No te cruces. Intenté ignorarlo y repitió su orden. Vi sus ojos determinados a no dejarme pasar. Desistí. Bajé la pierna que ya había subido al tubo metálico. El hombre que había cruzado chapoteaba en una zona de pasto anegado por el agua. Cuando llegó junto a la camioneta fue expulsado de dos empellones. Mira cómo trata la policía a los jóvenes en México, gritaba. La mujer había preferido cruzar colgada como lagartija de la reja ciclónica. La camioneta con Charly García salió y ella seguía colgada en la reja, moviéndose lateralmente con lentitud.

Fuimos a cenar a una calle llena de bares, antros y restaurante que a todas luces son carísimos. Pero no, es accesible, higiénico, sabroso. Eso sí, nos querían cobrar de más. Pero todo se solucionó. Mientras masticaba mi arrachera comentaba que me faltó EL aguante, Chipi chipi, Dinosaurios, Influencia, y otras. Sin embargo estaba satisfecho.

El regreso de dos horas fue amenizado por Miguel, quien tocó la guitarra y cantó. Eso es lo bueno de los conciertos, que tienen el poder de volverte un adolecente, de darte fuerzas para de poder seguir con el aguante, creer ciegamente cualquier cosa y hacer tonterías, de ser una gota de la gran lluvia, de desatar el resorte y ponerte a brincar, de abrir la garganta para gritar desafinado todo cuanto puedes, de abrazar casualidades, amigos, de escindir la realidad para permitirnos un abismo luminoso del que volveremos más vivos.

28 may. 2010

El aguante (Primera parte)


Cartel "El genio loco", de Mr. Fly



Un peso sutil se cuelga de mis párpados. Las fuerzas de mis miembros menguan. Puedo sentir claramente cómo la energía escurre por mis piernas y dedos. Sin embargo algo como un último suspiro me alienta a escribir lo acontecido ayer.
La fila de luces rojas frente a Manuel y yo era interminable. Calzada Zaragoza parecía impenetrable, pero era la única vía a Puebla, ciudad donde Chary García se presentaría. En un blog había leído esa misma tarde informaba que la presentación se adelantaría una hora, antes programada a las ocho. Eran más de las seis y las esperanzas parecían evaporarse. Sin embargo una voz interior me decía que aguantara.
Poco a poco el tráfico se disolvía, como por arte de magia. De pronto, ya estábamos en Chalco. Más tarde en una zona boscosa de neblina. Río frío apareció frente a nosotros a una velocidad de 120 Kms. Por hora. La lluvia no había cejado ni un momento de acompañarnos. Curvas a la derecha, a la izquierda.
Llegamos a Puebla. Seguimos las indicaciones que Manuel llevaba en una hoja. Cholula se abrió frente a nosotros como cualquier cosa. Llegamos, pensábamos prendiendo un cigarro para relajarnos. Eran pasadas las siete de la noche. Gran ilusión. Una chica que se resguardaba de las gotas en un local donde venden hotdogs dijo a rajatabla: Están perdidos. No me alarmé, sé que en provincia las grandes distancias son nimiedades a comparación de lo que representan en el DF. Intentaba decirnos cómo llegar, cuando el dependiente del local la interrumpió: No, no. Tomen esta calle, es sentido contrario, pero se van derecho y cuatro cuadras después encontrarán el periférico. De ahí se van a la derecha y llegan. Miré la calle referida y los autos salían uno tras otro, tres patrullas custodiaban la esquina. Agradecí la ayuda, pero no la tomé en cuenta. Di vuelta en u y me supe perdido.
Luego de mucho vagar por avenidas grandes y chicas encontramos un auto estacionado en algo que parecía una súper autopista. En la cajuela sobresalía el rótulo: Guía de turistas. Y aún sobresaltaba su obeso chofer orinando en la acotación. Le conté que necesitaba llegar al Centro Cultural Universitario. Respondió con una sonrisa sardónica: Se van a perder. Si quieres te digo, pero en la vuelta, la van a cagar, todos la cagan. Entendí sus intenciones: ¿Cuánto me cobras por conducirme? Cincuenta, dijo sin pensarlo. La negociación pudo rebajar diez pesos al costo inicial. No teníamos alternativa, seguramente ya habíamos perdido un cuarto o más de concierto.

Aquí es, gritó empapándose en la calle. Pagué. Nos estacionamos. Corrimos. Más gente también iba ataviada en el estacionamiento. Las mujeres llevaban zapatillas, abrigos; ellos, gabardinas, camisa metida en el pantalón de pinzas. ¿Así son los rockeros de Puebla? Cuestionó mi lado defecentrista. ¿Charly qué? No, aquí va a ser el concierto de Bosé. Estaba decepcionado. Pero ni eso, ni la lluvia en la cara me hicieron desistir, preferí aguantar una vez más.
En realidad fue Manuel quien tuvo la determinación de aguantar: No, guey, aquí es, aquí es. Eso bastó para retomar el trote por lo que más bien parecía una plaza comercial sin techo. La peña del estudiante, era un restaurante de lujo; pósters enormes en las paredes parecían publicitarios; el suelo de loseta perfectamente pulida correspondían más a los de un hotel cinco estrellas. Tras un edificio en forma de mini Auditorio Nacional se extendía una sombra blanca de unos cien metros. Pantalones de mezclilla, melenas largas de hombre, tenis y más tenis confirmaron que allí había sido o sería el concierto. Sonaba un disco con mezclas digitalizadas de The Beatles. Eran las ocho y cacho.

La presentación se había retrasado por el bendito aguacero. Buscamos a Flay (Mr. Flay), el amigo con el que nos encontraríamos. No contestaba su celular. Nos estaba por ningún lado. Decidimos detenernos un momento. Limpiaba mis lentes y vi a Miguel, otro amigo, éste de la niñez. Casualmente, en el camino le había referido a Manuel que hablé al celular de Miguel para llevarlo a Puebla con nosotros, pero estaba “fuera del área de servicio”. Manuel también había pensado en él al recordar nuestros tiempos de secundaria, donde nos conocimos los tres. Miguel llevaba a cuestas su nueva guitarra y un amigo al lado, con el que llevaba tres días tocando en las calles, para sacar el pago del hotel y las comidas. No se habían perdido ni uno solo de los conciertos del Festival Internacional e Puebla. Conocieron a dos músicos de King Krimson (hasta les habían firmado la guitarra) y a Diego “El Cigala”.
Mr. Fly llegó con esposa, hijos y cuñado. El tráfico poblano le había impedido llegar a tiempo. La banda estaba formada. Compartimos los cigarros especulando si Charly saldría a tocar o se cancelaría todo. Say no more, ooeo oe oe oe Charly Chaly, el público coreaba.
Sobre los instrumentos habían plásticos. Un timbak de gente sobre el escenario era la señal de que las decisiones importantes estaban siendo tomadas. El torrencial era ya una leve llovizna. Se deshizo el concilio, quitaron los plásticos, encendieron unas luces y la gente gritó eufórica.
Minutos más tarde, el bigote bicolor estaba frente a nosotros.
Yo que nací con Videla,
Yo que nací sin poder,
Yo que luché por la libertad
Pero nunca la pude tener…

La fiesta comenzó.

29 abr. 2010

Ensayo de orquesta. Sinfonía No. 6 de Shostekovich (Allegro-Presto)



—Menos fuerte y más cortito. —Indica a los violines. —Entiendan, el compás como de cuatro cuartos… largo.
Ordena a chelos y bajos tocar más quedo para que se escuchen las maderas y no se fuercen.
El director de orquesta se agita como practicando una kata. La fuerza está contenida en movimientos breves. Da pequeños saltos.
La música pasa por el salón y lo convierte en un campo de guerra. Escucho La Ilíada musical: una toma aérea muestra las formaciones de los ejércitos; una lanza de oboe guía a la cámara por el aire y nos acerca al bando contrario, el que sea, y nos muestra cómo se hunde en la clavícula de uno, escuchamos su lamento de trombón. Un zumbido de venganza nace poco a poco. Un pícolo es un rayo de luz que rompe la nube de polvo, y luego ese rayo es un canal donde chorrea sangre densa.
El director más que un general, es un artífice de la guerra; los músicos no son soldados, son letras, instrumentos de lucha, saliva, un caballo glorioso, el adolecente que se va de casa a escondidas para alcanzar al padre en la campaña.
Las indicaciones del director están milésimas de segundo adelantadas a la ejecución, como la ráfaga mágica de un cohete y luego nos llega su estruendo de orquesta.
La lucha sonora clama sangre. El director asesta su batuta en la dirección donde están los violines, como si encajara la espada en posición de esgrima contra un enemigo que yace en la tierra, y mira atónito el brillo que le anuncia su muerte.
Después, algunas melodías bucólicas. Sin embargo, son las dramáticas, las que más entusiasman a todos en el ensayo. Mientras tanto, el director hace ademanes caricaturizados de director de banda marcial desfilando entre listones y carros alegóricos.
Parece decir “Rompan filas”. Cierra el silabario. La mancha de sudor se dibuja en la camisa a cuadros. Algunos músicos salen de sala inmediatamente, otros buscan aclarar algo con el director. Algunos en su asiento conversan y ríen, hacen como que lloran, tocan, afinan, los menos repasan.
Tres minutos más tarde, el director apenas baja un píe de la palestra, las gotas de sudor escurren del cuello y la frente. Luego de dos minutos más, ya está a nivel de piso. Revela su método:
—Tres días chingo, después los dejo.

Dos arpistas. Una toca, el otro mira la partichela a través de las cuerdas sonadas por la una, tal y como si viera por una persiana.
Parece que dijera “Todos a sus posiciones”. El compás de cuatro cuartos contra cinco pone en problemas a los ejecutantes. La tarola parece caerse por las escaleras al tiempo que salen las cuerdas y los metales ebrios de una habitación oscura. Tropiezan y se encuentran con el cuerpo de tarola tirado con las rondanas sueltas.
El problema implica medidas más drásticas. Tiene que ensamblar unos compases por partes. Una sumatoria como de capas de pintura: primero la base de las cuerdas bajas, luego las texturas de cuerdas medias, más tarde, los brillos de los metales y al final detalles de oboes y violines. Así, el oído inexperto puede apreciar cada detalle. Y al pasarla finalmente con todos los elementos unidos, es como ver la pintura en el museo. Entonces uno puede detectar los granos de “pimienta” (así indicó el director a las arpas) en ese cielo verdoso, como lleno de lama que corta las hojas que penden de árboles-tuba.
Hay una parte solemne hecha por el fagot, el clarinete, los bajos. Introyectiva. Los demás aprovechan para apuntar no sé qué cosa en las partichelas. Entran violines y dan esa cadencia de viento necesaria para el encuentro.
Hay en el área de las violas un bigotón de lentes tipo Taibo II y frente a él, una con huipil estilo Oaxaca. Con esta melodía cadenciosa estilo escena romántica de “Casa blanca”, no dudaría que Taibo tomara a la Istmeña y le plantara un beso profundo, de esos que provocan que las lenguas se enreden para despedirse. Bogart tendría algo que aprenderles.
Ahora el director parece hacer pasos de ballet con las manos. Los percusionistas, como siempre había sospechado, se aburren la mayor parte del ensayo. Esta es una de ellas. Más tarde entrarán para darle el brío al final de la sinfonía. Por ahora, se hablan al oído. Hacen mímica de que cabalgan. Ríen. Ganas no les faltan de rascarse los huevos.
Uuuuu. Hacen bulla porque el director da un abrazo a la flautista que pedía se interpretaran más lento ese pasaje. El director dijo algo como “aún así no vas a poder tocarlo de una respiración”. Todos se burlaron de la “humillación” con un silbido. Entonces, el director bajó de la cátedra para darle un abrazo de reconciliación. Entonces todos imitaron ese coro de us.
La música regresa a la ironía del desfile. Es hora de irse. Mañana escucharé el concierto con oídos distintos.

28 abr. 2010

De nuevo silencio



Había estado sin conectarme al blog tanto tiempo, que había olvidado hasta la contraseña. No me he resuelto a escribir nada, porque no he tenido nada que "decir". Creo que hay que ser respetuosos son el silencio.
Eso sí que me ha ocupado este tiempo. Ruido por todos lados: voces vociferando, coches clacsoneando, perros perreando, gordos pedorreando, aviones aeroplaneando, teléfonos rigneando, dragones rugiendo.
Y lo que he necesitado es un poco de mutis para aclarar las ideas (o al menos para saber si las hay), para saber qué rumbo lleva el viento (si es que sopla), escucharme (si aún sueno a algo).
Me he concentrado en leer: terminé La odisea (me quedo con los Lotofagos); Los trabajos del reino, de Yuri Herrera (un librito que me prestó mi amigo Benja; me quedo con la página donde la Cualquiera le dice al Artista "No te voy a pedir perdón, sólo es que no sé cómo tratar a los hombres buenos"); El lobo-hombre, de Boris Vian (me quedo, hasta el momento porque todavía no lo termino, con el cuento Martin me telefoneó, por eso de los músicos de fiestas, igual que el libro de Yuri Herrera).
Y ciertamente, los libros que me eché en estos días tratan de eso: mucha música, arte de compaginar sonidos y sielencios. Ulises se tapa los oídos para no escuchar a las sirenas y pide música para celebrar su venganza; el Artista sabe cuando cantar y cuando callarse para poder componer sus corridos; Roby suena la trompeta en el momento adecuado, y en el otro despega los labios de la boquilla para ver las piernas a una morena). Y quiero taparme los oídos con cera, componer las letras para que digan lo escuchado en este tiempo, mirar piernas bien torneadas.

En fin, quiero silencio; aunque algunas voces siempre son bienvenidas (las de los amigos), con sus atonalidades, armonías, ritmos y arritmias, con su color de ron fiestero o de tristeza; la voz de mi compañera (oleaje y ventizca); el tamborileo de los corazones de mi alrededor (algo que porqué seguir).
Silencio y ruido de tripas, eso sí que es bueno.

18 mar. 2010

En La Tempestad




En La Tempestad Universitaria número 38, me publicaron un artículo sobre En Terapia, una serie de la HBO transmitida en tele abierta por Canal 22.
La revista se distribuye en colegios y otros circuitos no abiertos al público, hasta donde sé.

Aquí pueden revisar la revista, muy interesante y no lo digo por mi participación. Jueguen ustedes: http://issuu.com/latempestad/docs/uni38

19 feb. 2010

Malena



El mar alargaba su mirada y te humedecía los pasos; los ojos de los muchachos extiendían su imaginación,ensoñándote; los hombres morían mientras te ofrecían su vida.
Eras Santa, tus pasos tenían la gracía de las nubes, el silencio te envolvía, eras María la sagrada y Elena la hermosa. Pero el espíritu humano te destruyó, la vileza te quería carne y no escencia, te quería junto al mundo, lejos de la ilusión que eras en el puerto cuando caminabas con gracia y la humedad se concentraba bajo tus pechos, Malena.

8 feb. 2010

Entremos a la cárcel


En diciembre del año pasado tuve una experiencia insólita. Por azar fui invitado a la cárcel de Santa Martha Acatitla a presenciar una obra de teatro. No pude dejar pasar la iniciativa, allí grabó El Tri su legendario disco en vivo, pensé. Acepté.
Un grupo de amigos del Foro Shakespeare y prensa (entre ellos yo) fuimos convocados un domingo temprano a las afueras del Foro, en la Condechi. Allí pasó una camioneta por nosotros para llevarnos al reclu.
El viaje fue largo, entre conversaciones sostenidas por poetas, gestores culturales, periodistas, actores, directores de teatro y demás fauna del estilo, sobre la decantación de la expresión humana en el mundo actual y cosas así. Conforme nos acercamos, la geografía urbana nos preparó para lo que veríamos tras las rejas. Las casas, calles y miradas parecían una extensión depurada de lo que nos esperaba. Afortunadamente conté con la compañía de Benja García con su charla amena y soez que me aligeró el trayecto.
Llegamos. Esperamos afuera unos quince minutos. Los muros altos de cemento son demoledores, parece que la imaginación se topa allí con el monolito de la muerte. Entramos y esperamos otros treinta minutos, en los cuales nos pidieron nuestras credenciales (entiéndase literalmente). Benja no la llevaba, así que tuvo que regresar por su cuenta.
Adentro, pasamos por algunos retenes, nada de que espantarse. Incluso estuvimos en un espacio que parecía salón de preprimaria, antes de que lleguen los chamacos. Después nos condujeron por un pasillo hasta llegar a un área común donde los presos andan “libremente”• Cada ojo, cada músculo, cada tatuaje, cada boca era un reto. Traté de caminar con la mirada al frente sin sostenerla la mirada a nadie, no fuera a ser que me ganara un pleito. Entonces caminaba con una actriz. Un hombre recargado en el muro de la derecha dijo “buenas tardes” alargando la última e. Otros lo imitaron. Me puse tan nervioso que no hice nada, sólo caminar. Ella, en cambio, devolvió el saludo. Su valor me humilló un poco y la imité.
Llegamos a un auditorio. El olor no era exactamente desagradable. Las luces blancas en el techo de unos quince metros de alto daban la sensación de estar en una bodega. Pensé, aquí estuvo “el rockero de México, Alex Lora”.
Una fila de hombres vestidos de frac miraban a un punto en el espacio. Nos sentamos en una formación poco convencional: tres hileras, una contra otra y una más lateral. Se apagaron las luces, un grito rajó el espacio y todo comenzó.
Reí, me enfadé, reflexioné, suspiré, me sentí agobiado, divertido, entrometido, mirón, incrédulo, sorprendido. La tarea escénica y los parlamentos eran una joya soltada en cada intervención; como esa en que un hombre llega vestido de mujer, con peluca rubia, cantando “Así fue” de Juanga.
En el regreso me enteré que Cabaret Pánico es una iniciativa del Foro Shackespeare en coordinación con el reclusorio Santa Martha Acatitla. La obra está “inspirada” en el texto Ópera pánico, de Alejandro Jodorowski, con líneas de los propios reclusos, bajo la dirección de Itari Marta y Luis Herrera. El proceso fue largo: primero vino el acercamiento del Foro con los reclusos, después el trabajo de escritura y al final el trabajo de montaje. Nueve meses en total.
No les cuento más, mejor los invito a que se apunten a ver la segunda temporada de esta apuesta en escena. Comienzan en febrero y concluyen en marzo. Esta vez incluirán una gira por diferentes reclusorios de la Ciudad. Consulta el más cercano a tu casa, contacta a la gente del foro (los datos están en la página: www.foroshakespeare.com/) y vive esta experiencia inigualable. La entrada es gratis.
Ya sé que al final parece promoción, y lo es.

2 feb. 2010

Sobre J.D. Salinger


La Preparatoria 7 “Ezequiel A. Chávez” había superado su etapa de huelga, eso decían las autoridades (maestros lamebotas, director homosexual –nunca me constó, pero lo decía como un acto de fe–, maestra de educación física tipo la Beba Galván, burócratas esqueléticas que apestan a muerte). Eran años de paz y silencio, clases aburridas de derecho y uno de eso días no tuvo más caso que servir para que en pleno discurso del anacrónico abogado, yo soltara mi pluma y me pusiera a imaginar tríos amorosos, suicidios. Al final salió un cuento, o eso creí. Sólo que faltaba un buen final, la sorpresa. Según yo, allí estaba el secreto. En las últimas líneas el narrador de marcada voz masculina decía algo así como “Me gustaría escuchar, por una última vez, mi nombre en sus labios”. Entonces volví la mirada a los coloridos apuntes de una compañera que tenía una figura de modelo, eso lo decían todos los compañeros jalando aire con la boca como para olerle el cuello u otra parte del cuerpo. Otros se añadían: “Lorenita, sabrosa”. Completé el relato con un “Lorena, mi Lorena”. Entonces lo conseguí: mi historia se convertía, en el último momento, una historia de lesbianas.
Casi le doy un beso a Lorena, no se dejó: me detestaba (y yo también). De cualquier manera salí del salón y abandoné la clase y al maestro con su traje color café caca, buscando a cualquier compañero para compartirle mi alegría. Sólo vi a una maestra de lógica, nunca me dio clases, pero cuando estábamos en plena preparación de un paro estudiantil (antecedente de la huelga del 99), ella nos animó con palabras, de las que yo recordaba con claridad aquellas referentes a que los jóvenes éramos eróticos por naturaleza. En su momento, entendí que con erótico nos quería decir que le excitábamos sexualmente. Después en una clase de teatro nos explicaron la dicotomía entre tanático y erótico: se volvió uno de los ejes de mi vida, un gran argumento para echarme sobre la vida.
La profesora estaba sentada en una jardinera esperando a que diera la hora para comenzar su clase. Tímidamente le pregunté si podía revisar algo que había escrito. De inmediato se le llenaron los ojos de ilusión. Dijo que sí, había estudiado el diplomado de literatura en la SOGEM. Le dio una leída detenida. Sugirió que hiciera algunos cambios. También dijo que le gustaba el texto, que lo mandara al concurso Interpreparatoriano, pronto a celebrarse.
Hice los cambios sugeridos. Busqué nuevas opiniones, entre ellas la de mi maestra de literatura en turno. Tardó varios días en leerlo. Al fin dijo: “¿De dónde sacaste el cuento?” No supe cuál era la respuesta esperada por la maestra que me miraba sobre sus lentes. Continuó: “Lo que creo es que este texto no es tuyo”. “No sé qué decirle, dije atontado. No sé si tomarlo como un halago o como una ofensa. Pienso presentarlo al Interpreparatoriano, y con lo que me dijo, creo que tiene posibilidades.” Esbocé una sonrisa. “Soy presidenta del departamento de literatura de la prepa. Y ese cuento no pasa, no me voy a exponer a un reclamo por derechos de autor.”
Así empezó la guerra. Un amigo rokero hasta el último de sus granos sebosos sentenció: “Ya te chingaste”. La maestra de lógica decidió dar batalla. A nuestras huestes llamó a otro maestro, un filósofo y abogado, cuyo cuerpo era una compacta masa roja. Nunca creí que tendría que ver con ese hombre de gran nariz con venas. Luego la suerte me acercaría a otros viejos genios del estilo. La maestra contó el caso a su mentor y él se sumó a la lucha contra esos “mediocres y frustrados profesorcillos, incapaces de tolerar el talento de nuevas generaciones.”
Con el orgullo más alto de lo que llegó a hondear la bandera de la huelga en el asta del patio central, anduve los días creyéndome un hombre de polémicas generacionales, depositario de esperanzas, confianza y talento. Me pavoneé como un ganso blanquísimo.
La disputa entre los profesores me dio la razón. Pasé a la competencia con otras prepas, y, finalmente, gané el primer lugar. La maestra de literatura me dio la noticia y la besé impulsivamente.
Se organizó una lectura pública del texto en un salón de esos que nunca se abren porque son para conferencias, y nunca las hay en esas escuelas. Antes de leer el cuento, dije unas palabras sobre el lesbianismo. No dije nada de que me encantaba, como a todos mis compañeros, ver a dos mujeres metiéndose mano, o imaginar a algunas de las más sensuales condiscípulas en una experiencia homosexual. Hablé sobre los derechos humanos, y cosas así.
En la premiación me encontré con que compartiría el primer lugar de cuento con una cachetona que no tenía ningún interés en la literatura, más bien su pasión estaba enfocada en la química. Me sentí derrotado.
Con el tiempo, me gané la confianza de los profesores del cubículo, donde el maestro rubio y colorado era como el presidente, a la manera democrática, pensaba. Allí exponía mis poemas crípticos. Desde su silla, el maestro confesaba no entenderlos, pero apreciarlos sinceramente. Un día llegó con un regalo para mí: un par de libros.
Los saqué de su bolsa con búhos rojos. Me encontré con Cartas a un joven poeta y El guardián entre el centeno. Sobre el primero, dijo que era un título indispensable, después de ese, otros imitarían la fórmula del título para presentar libros aleccionadores. Sobre el segundo, recordó sus primeras lecturas, compartidas con sus compañeros de generación, los autonombrados: Los jóvenes iracundos. Conocí más detalles de la vida de este maestro conforme pasaron los años, entre las cosas que supe fue que se parecía a las fotos juveniles de J.D. Salinger (autor del Guardián entre el centeno) y que unos jóvenes escritores mexicanos le hicieron cambiar su manera de pensar, sus principios filosóficos.
Leí lentamente los volúmenes. El segundo me disgustaba un poco por su traducción plagada de españolismos (jo, bragas, etc.). Pero me atrapó, como a muchos de los jóvenes que tienen entre sus manos el título. Después vi un documental sobre la muerte de John Lennon donde supe más del libro que había concluido.
Actualmente murió el escritor J.D. Salinger. Sobre él y su libro (The Catcher in the Rye), todos hablan. Y a mí sólo me queda recordar a esas generaciones del descontento, iracundas, inconformes, contradictorias, que han crecido con ese título bajo el brazo. Además de rememorar, también mi juventud, mi adolescencia, interminable, creo. ¿Pero la de quién termina por completo?

4 ene. 2010

Vida herbal

Todo empezó por unos brinquitos que hacía mi párpado derecho. Odiaba cuando eso me pasaba. Me desesperaban a media noche y llegaba desvelada a la escuela, donde otra vez comenzaba el párpado saltarín. Estudié un poco sobre eso. No descubrí nada nuevo: son provocados por nervios y se llaman neuralgias, dijo mi madre.
Luego, fui con mis padres a vacacionar en un campo lleno de árboles y verdor. El sol era brillante. Fui a dar un paseo por mi cuenta y llegué hasta una planicie sin árboles, sólo pasto raso y flores. Allí estaba un hombre de pie, me pareció que no veía a ninguna parte. Me detuve, parecía concentrado. Fui rodeándolo para verle la cara. Me di cuenta de que cerca había un desfiladero. También, de que el hombre veía el paisaje. Sus ojos eran como dos enormes brazos que abrazaban el cielo, el campo, el sol. De pronto estiró hacia arriba los brazos lentamente y cerró los ojos. Extendió con suavidad cada uno de sus dedos. El viento soplaba y le despeinaba la cabellera. De un momento a otro voló. No era impulsado por nada, ni siquiera brincó. Sólo se dejó llevar por el viento que lo arremolinaba sutilmente cada vez más alto. Detenida en un risco, lo perdí de vista entre las nubes dispersas y los rayos del sol.
No dije nada de eso a mis padres, ni a die más, fue mi secreto. Pensaba mucho en ese hombre. Pasaron los días de escuela, me gustaban las clases de anatomía y ciencias naturales. Mi padre me explicó la evolución del cerebro, sus etapas reptilianas y cosas así. Las neuralgias seguían de vez en cuando.
Volvieron las vacaciones de verano. Aquella vez fuimos a la playa. Unos tipos con pinta extraña llamaron mi atención: marchaban alrededor de una estrella de mar sobre la arena. Me acerqué tímidamente. Estuve observándolos hasta que cayó la tarde y mis padres me llamaron a comer. Durante la noche los vi por la ventana del hotel y seguían haciendo cosas raras. La gente parecía estar acostumbrada porque nadie les ponía atención. Fui a mi cama para dormir.
La neuralgia regresó con más fuerza. Esperé a que mis padres durmieran y salí sin hacer ruido. Llegué al lado de estas personas. La luna los iluminaba. Me invitaron a acercarme. El párpado parecía que me iba a estallar. Nos alejamos del mar y fuimos a un parque cercano. No sentía nada de miedo, parecían buenas personas. Allí me explicaron la naturaleza herbal de los humanos. Me pareció que estaban algo locos, o demasiado locos. Decían que nosotros tenemos una parte de vegetación en nuestro cuerpo, en la sangre, que comparaban con clorofila. Siéntela correr por tus venas, me invitaban. Yo no sentía nada, sólo que mi párpado parecía la válvula de una olla express. Una de ellas se me acercó y me miró de cerca. Tocó mi cara y les dijo que yo estaba preparada. Entonces sí sentí pavor, quería echarme a correr.
Uno de ellos me pidió que me tranquilizara, que yo tenía que estar con ellos. El tono de su voz me tranquilizó un poco. Entonces, continuaron diciéndome cosas sobre la evolución del cerebro y del cuerpo humanos, que viene directamente de las plantas, que fue algo que Darwin tuvo en mente pero no se atrevió a decir. Me senté cuando los demás lo hicieron. Respiré como me dijeron. Cerré los ojos. Me concentré en la neuralgia de mi párpado y entonces sentí que mi párpado se abría, como con un golpe, pero sin dolor. Lentamente fue brotando de mí un tallo, como en los experimentos que hicimos en la escuela con un frijol dentro de un frasco y algodón. Todo fue lento, o al menos así me parecía. Cuando abrí los ojos tenía una ramita que me crecía por los ojos y luego por la nariz y por el otro ojo. Me sentí muy bien. Entonces, el de la voz calmada me dijo que la neuralgia, como la gente la llama, era en verdad una semilla que luchaba por brotar de mí; que mi piel es una extensa tierra; mis manos, mis vellos, son filamentos; mi cuerpo una corteza; mis píes raíces; y que dentro de mí maduraba una gran vida. Aclararon mis dudas sobre el hombre que había visto volar, tiempo atrás, y me dijeron que sus manos se convirtieron en pétalos y luego, todo él, en polen que el viento arrastró.
Al amanecer, uno de ellos se acercó al mar, se enroscó, hasta hacerse una bola compacta. El mar se lo llevó flotando como a un coco. Y yo regresé a mi hotel con los brotes de mi semilla en la cara.



(Manuel Díaz, tinta sobre papel impreso :: 2009)