Realidoflexia: Acción de modificar la realidad a través de dobleces, flexiones y torciones para conseguir lo irreal.

19 jun. 2011

Karneval



Todo era movimiento. Berlín se quitó casi toda la ropa y salió a tomar el sol, bailar, beber, caminar y mirarse en esos minúsculos espejos que son sus habitantes.
El carnaval siempre es delirante, sino, no sirve. Y el de la capital alemana no fue la excepción. Tres días de música, vendimia. El Karneval der Kulturen empezó el viernes 10 de junio, continuó el domingo 12 y concluyó el lunes 13. Se rumora que quizá sea el último, es muy costoso para el gobierno, dicen. Es probable, a expensas de los impuestos el asfalto de muchas calles se llenó de confeti, botellas, zapatos, tenis, sandalias, pies descalzos, patas de perros, llantas de bicicletas, de camiones, de patines, de carriolas.

Un cuadrante formado por los escenarios: Latinauta, Bazaár Berlin, Eurasia y Farafina presentaron grupos desconocidos cuya única relación era tocar el género de fusión. El nombre de los escenarios refiere claramente el tipo de música que se tocaba en ellos, exceptuando quizá al de Farafina, donde escuché música de escalas provenientes del medio oriente, con arena brillante con ese sol apabullante. Allí, un turco, con la mirada perdida, tenía su cerveza, movía los brazos como dirigiendo al grupo y en su cara sostenía una sonrisa amarga. Justo atrás de él, tres chicas alemanas con medias rotas (es la moda) bailaban divertidas tratando de imitar los movimientos de Shakira.

El camino entre los epicentros musicales era marcado por satélites comerciales, los puestos de cerveza, comida típica de distintos países a precios exagerados y pocas con verdadero sabor original; comercios de sombreros, artesanías, ropa, corcholatas convertidas en aretes; otros donde hacían trenzas de distintos modelos o escribían tu nombre en un grano de arroz.

La gente caminaba serpenteando la calle, comprando un elote hervido con mantequilla y sal o un hotdog. Algunos se probaban lentes de persiana o de aviador. Otros se sentaban en el pasto, esperando a que los niños se cansaran de jugar en ese barco encallado en medio de un jardín, o se divertían con los espectáculos más pequeños: un mago, cantantes, percusionistas, guitarristas, magos, mimos, payasos.

A unos metros del Eurasia, la iglesia Hellingen Kreuz, estoica e inmutable con sus muros de ladrillo y cubiertas de las torres color verde pistache y ventanales neogóticos. Junto a la iglesia, los baños con dos filas: una corta para los hombres, otra larga para las mujeres. Dos chicas sentadas en el pasto se besaban, allí mismo pasaba una familia y un hombre de rastas. Todos en ejerciendo plenamente la tolerancia.

El río Spree bordea lo que se convirtió en el cuadrante cultural. En unas partes el metro corre sobre el agua y lo mirábamos desde un puente. En otras, la gente se sentaba a la vera del brazo de agua a ver las pequeñas lanchas pasar, los reflejos del sol en el agua verdosa, a refugiarse del sol o a buscar un rincón de follaje alto donde meterse en pareja para salir discretamente en breves minutos.

Al dejar los escenarios atrás, las calles seguían inundadas de gente que, como agujas imantadas, apuntaban sus pasos a un mismo lugar. En el trayecto: tiendas de antigüedades, un edificio de colores o un baterista transexual guiaban el fluir de esas partículas atraídas al gran mineral de bocacalle llamado procesión.

El domingo desfilaron los carros alegóricos. No pude ver los correspondientes a los países, así que no tengo nada que decir sobre ellos. Pero sí de los carros que transitaron más tarde. Yo los llamo los carros del desmadre, porque su tema era la fiesta, grandes bocinas sonaban el tipo de música que profesaban: disco, reggae, beat… Los adornos variaban, iban desde una escenografía elaborada y el acompañamiento de saqueros, hasta mujeres y hombres bailando vestidos de lo más convencional.

Sobre un poste, padre e hija contemplaban la estela de gente que marchaba tras los carros, al ritmo en turno: plumas verdes en penachos, ojos de pavorreal, hombres descubiertos del torso, mujeres descubiertas de todo el cuerpo (con calzón y sostén), gorras, sombreros, cabezas lustradas, pelucas de rizos extravagantes, playeras agitadas al aire, banderillas, mecheros, serpentinas proyectadas, raros peinados nuevos, brillos morados o verdes en pómulos y párpados, lentes oscuros, calzones con lentejuela, ombligos.

Desde la banqueta, mirábamos toda clase de rostros, colores, rasgos. Los menos caminaban serenos. La mayoría gritaba, bebía y bailaba. Unos, incluso, se insinuaban con guiños, besos al aire, mirada de arriba abajo y mordida de labio a las expectantes muchachas que contemplaban el desfile. No había que enojarse si se lo hacían a la pareja. El carnaval es delirante, es desfogue, liberación. Además se insinuó y siguió su camino.

Una voz extraviada anunció que aquél era el último carro. Muchos dejamos la orilla y nos unimos a la más larga cola de cometa sonidero. Entonces sí nos desbordamos y nutrimos el poderoso caudal.

Mientras avanzábamos, la procesión dejaba su rastro: sedimento de botellas de vidrio, cientos y cientos. De pronto, en medio de una calle con el paso cerrado, una curva u otra, la procesión se desvaneció, como pompa de jabón. La gente se esparcía en las calles a seguir la fiesta, mientras el sol se despedía, exhausto, embriagado y dejaba sus últimos rayos filtrándose por las nubes de cigarro, de humo de carbón para calentar carne.

El regreso, igual que la ida, con trenes atiborrados de gente, como nunca antes había visto. Hallesches Tor, la estación donde terminó el recorrido para Cynthia y para mí, tenía un aspecto rústico, como camino de mina, drenaje antiguo, pasaje secreto de templarios. Pero en WarschauerStrasse la fiesta callejera seguía con un ensamble sacado de una película de Emir Kusturika. Frente a ellos, un maletín donde caían las monedas que la gente dejaba, una pareja que llevaba vestidos típicos de algún país donde las mujeres usan faldas rojas amponas y moños del mismo color, y otra con una chica que agitaba los brazos y la melena, mientras bailaba descalza con un hombre que la seguía igual de divertido. Tras el ensamble serbio, nuestras bicicletas que nos llevaron de regreso por cinco kilómetros hasta la casa con las nubes arreboladas en la espalda.