Realidoflexia: Acción de modificar la realidad a través de dobleces, flexiones y torciones para conseguir lo irreal.

29 abr. 2010

Ensayo de orquesta. Sinfonía No. 6 de Shostekovich (Allegro-Presto)



—Menos fuerte y más cortito. —Indica a los violines. —Entiendan, el compás como de cuatro cuartos… largo.
Ordena a chelos y bajos tocar más quedo para que se escuchen las maderas y no se fuercen.
El director de orquesta se agita como practicando una kata. La fuerza está contenida en movimientos breves. Da pequeños saltos.
La música pasa por el salón y lo convierte en un campo de guerra. Escucho La Ilíada musical: una toma aérea muestra las formaciones de los ejércitos; una lanza de oboe guía a la cámara por el aire y nos acerca al bando contrario, el que sea, y nos muestra cómo se hunde en la clavícula de uno, escuchamos su lamento de trombón. Un zumbido de venganza nace poco a poco. Un pícolo es un rayo de luz que rompe la nube de polvo, y luego ese rayo es un canal donde chorrea sangre densa.
El director más que un general, es un artífice de la guerra; los músicos no son soldados, son letras, instrumentos de lucha, saliva, un caballo glorioso, el adolecente que se va de casa a escondidas para alcanzar al padre en la campaña.
Las indicaciones del director están milésimas de segundo adelantadas a la ejecución, como la ráfaga mágica de un cohete y luego nos llega su estruendo de orquesta.
La lucha sonora clama sangre. El director asesta su batuta en la dirección donde están los violines, como si encajara la espada en posición de esgrima contra un enemigo que yace en la tierra, y mira atónito el brillo que le anuncia su muerte.
Después, algunas melodías bucólicas. Sin embargo, son las dramáticas, las que más entusiasman a todos en el ensayo. Mientras tanto, el director hace ademanes caricaturizados de director de banda marcial desfilando entre listones y carros alegóricos.
Parece decir “Rompan filas”. Cierra el silabario. La mancha de sudor se dibuja en la camisa a cuadros. Algunos músicos salen de sala inmediatamente, otros buscan aclarar algo con el director. Algunos en su asiento conversan y ríen, hacen como que lloran, tocan, afinan, los menos repasan.
Tres minutos más tarde, el director apenas baja un píe de la palestra, las gotas de sudor escurren del cuello y la frente. Luego de dos minutos más, ya está a nivel de piso. Revela su método:
—Tres días chingo, después los dejo.

Dos arpistas. Una toca, el otro mira la partichela a través de las cuerdas sonadas por la una, tal y como si viera por una persiana.
Parece que dijera “Todos a sus posiciones”. El compás de cuatro cuartos contra cinco pone en problemas a los ejecutantes. La tarola parece caerse por las escaleras al tiempo que salen las cuerdas y los metales ebrios de una habitación oscura. Tropiezan y se encuentran con el cuerpo de tarola tirado con las rondanas sueltas.
El problema implica medidas más drásticas. Tiene que ensamblar unos compases por partes. Una sumatoria como de capas de pintura: primero la base de las cuerdas bajas, luego las texturas de cuerdas medias, más tarde, los brillos de los metales y al final detalles de oboes y violines. Así, el oído inexperto puede apreciar cada detalle. Y al pasarla finalmente con todos los elementos unidos, es como ver la pintura en el museo. Entonces uno puede detectar los granos de “pimienta” (así indicó el director a las arpas) en ese cielo verdoso, como lleno de lama que corta las hojas que penden de árboles-tuba.
Hay una parte solemne hecha por el fagot, el clarinete, los bajos. Introyectiva. Los demás aprovechan para apuntar no sé qué cosa en las partichelas. Entran violines y dan esa cadencia de viento necesaria para el encuentro.
Hay en el área de las violas un bigotón de lentes tipo Taibo II y frente a él, una con huipil estilo Oaxaca. Con esta melodía cadenciosa estilo escena romántica de “Casa blanca”, no dudaría que Taibo tomara a la Istmeña y le plantara un beso profundo, de esos que provocan que las lenguas se enreden para despedirse. Bogart tendría algo que aprenderles.
Ahora el director parece hacer pasos de ballet con las manos. Los percusionistas, como siempre había sospechado, se aburren la mayor parte del ensayo. Esta es una de ellas. Más tarde entrarán para darle el brío al final de la sinfonía. Por ahora, se hablan al oído. Hacen mímica de que cabalgan. Ríen. Ganas no les faltan de rascarse los huevos.
Uuuuu. Hacen bulla porque el director da un abrazo a la flautista que pedía se interpretaran más lento ese pasaje. El director dijo algo como “aún así no vas a poder tocarlo de una respiración”. Todos se burlaron de la “humillación” con un silbido. Entonces, el director bajó de la cátedra para darle un abrazo de reconciliación. Entonces todos imitaron ese coro de us.
La música regresa a la ironía del desfile. Es hora de irse. Mañana escucharé el concierto con oídos distintos.

28 abr. 2010

De nuevo silencio



Había estado sin conectarme al blog tanto tiempo, que había olvidado hasta la contraseña. No me he resuelto a escribir nada, porque no he tenido nada que "decir". Creo que hay que ser respetuosos son el silencio.
Eso sí que me ha ocupado este tiempo. Ruido por todos lados: voces vociferando, coches clacsoneando, perros perreando, gordos pedorreando, aviones aeroplaneando, teléfonos rigneando, dragones rugiendo.
Y lo que he necesitado es un poco de mutis para aclarar las ideas (o al menos para saber si las hay), para saber qué rumbo lleva el viento (si es que sopla), escucharme (si aún sueno a algo).
Me he concentrado en leer: terminé La odisea (me quedo con los Lotofagos); Los trabajos del reino, de Yuri Herrera (un librito que me prestó mi amigo Benja; me quedo con la página donde la Cualquiera le dice al Artista "No te voy a pedir perdón, sólo es que no sé cómo tratar a los hombres buenos"); El lobo-hombre, de Boris Vian (me quedo, hasta el momento porque todavía no lo termino, con el cuento Martin me telefoneó, por eso de los músicos de fiestas, igual que el libro de Yuri Herrera).
Y ciertamente, los libros que me eché en estos días tratan de eso: mucha música, arte de compaginar sonidos y sielencios. Ulises se tapa los oídos para no escuchar a las sirenas y pide música para celebrar su venganza; el Artista sabe cuando cantar y cuando callarse para poder componer sus corridos; Roby suena la trompeta en el momento adecuado, y en el otro despega los labios de la boquilla para ver las piernas a una morena). Y quiero taparme los oídos con cera, componer las letras para que digan lo escuchado en este tiempo, mirar piernas bien torneadas.

En fin, quiero silencio; aunque algunas voces siempre son bienvenidas (las de los amigos), con sus atonalidades, armonías, ritmos y arritmias, con su color de ron fiestero o de tristeza; la voz de mi compañera (oleaje y ventizca); el tamborileo de los corazones de mi alrededor (algo que porqué seguir).
Silencio y ruido de tripas, eso sí que es bueno.