Realidoflexia: Acción de modificar la realidad a través de dobleces, flexiones y torciones para conseguir lo irreal.

2 feb. 2012

Praga (Parte 1)



Tras la ventana, el sol brilla cándido. El cielo se distingue limpio y abierto. En la cortina transparente, la luz crea reflejos frágiles, casi tibios. A pesar de la apariencia, Berlín tiene un rostro helado hoy: menos once grados centígrados y una sensación térmica de menos dieciséis. Adentro, en calma y con pesadez, crecen plantíos blancos de papel remojados en gripa común. Será mejor que apriete el paso para contarte lo que voy a contarte, porque puede ser que mi cultivo de virus en algodón cuadriculado crezca tan rápido que me cubra antes de que termine de decirte que Praga es vieja, pero algo bruja; de modo que con sus hechizos dota de hermosura a sus curvas, a su piel cacariza, maquillada, incendiada. Y, finalmente, consigue que todos la amemos de una forma íntima.
Luego de casi cinco horas de viaje desde Berlín llegamos a la estación de camiones. A unos pasos estaba la estación de metro Florenc: amplia, fría, construcción cuadriculada. El ticket más conveniente fue el de 24 horas, por 110 coronas o 4.4 euros. A diferencia del alemán, éste sistema colectivo no tiene pantallas que anuncien cuánto tiempo falta para la llegada del siguiente convoy.
Minutos después llegó el metro, tan común como cualquier otro. Cinco estaciones nos separaban de la más cercana a la casa donde nos quedaríamos: Prazského (Prashkejo). El trayecto con dirección a Hajé fue silencioso, excepto en la parada Museum, la parada más directa a las atracciones turísticas de la ciudad. Y sin olvidar el amable tono de voz utilizado por la grabación que anuncia la parada I.P. Pavlovla (Ipeee Pavova).
El barrio alrededor de la casa que nos acogió era desértico, frío, silencioso, fantasmal. Preguntamos a una mujer sobre la calle que buscábamos: Sinkulova. No sabía. Yo sabía la dirección, pero un error de cálculo me desorientó. Llegamos sin mayores problemas. Tocamos el timbre y una voz nos dijo: “Hola”. Nuestro anfitrión era mexicano, del DF, músico, casado con una checa. Esa información la tuvimos de inmediato junto a las indicaciones sobre el lugar: dejar el baño abierto porque no tiene ventilación, el agua es potable, las llaves están sobre la cama, la chapa tiene truco.
En una breve caminata para ubicarnos, nuestro casero comentó algunas anécdotas como esa que vivió recién llegó a la ciudad de la cien torres, junto a unas checas que lo llevaron al bosque donde bailaron en una especie de ritual. Ellas le dijeron que eran brujas, pero blancas. “Hay muchas brujas aquí, pero así, que creen en las energías…”, concluyó.
Y como resortes: salimos disparados a la ciudad. Tuvimos una vista generosa de la ciudad antes de entrar al metro Vysehrad (vishegad), en una plazoleta comunista como otras: la de La Revolución, en Cuba; la de AlexanderPlatz, en Berlín. Son abiertas, planas, llanas, impersonales. Entramos al metro y fuimos a la estación Museum.
De noche, nos recibió la Plaza de Wenceslao con su camellón, autos pasando a ambos lados, estatua ecuestre, adolecentes escandalosos y un edificio impresionante en la espalda: El Museo Nacional. Unas fotos. Preguntar dónde está la ciudad vieja. Caminar. En el trayecto: un músico latinoamericano canta Bésame mucho en un restaurante. En otro, un cartel anuncia las actuaciones de un charro. Entonces pensé que México es una referencia de la música y la historia en el mundo. Se sabe de él en muchos lugares. Pero él sabe muy poco de muchos lugares. Por ejemplo, República Checa, que algunos siguen pensándola como Chuecoslovakia, ¿qué referencias tenemos de ella en México, además de la avenida (y su respectiva estatua) conmemorativa del Presidente Mazaryk? México es un lugar cerrado.
La primera gran maravilla fue una torre que confundí con la de la pólvora. Le pregunté a la señora que estaba tras una vitrina dónde estaba la ciudad antigua. Asintió y me dio un tríptico con los horarios en que abría la torre. No supe el nombre de la torre. Decidimos confiar en la intuición para llegar a la parte histórica. Además, perderse era parte del plan y la parte histórica estaba en todos lados.
Una calle a la derecha, otras derecho, otra izquierda, serpentear. Decir que a cada paso algo nos sorprendía sería exagerar, pero no lo es que a cada esquina algo nos robaba el aliento. Fue así que no hubo duda que habíamos encontrado la verdadera Torre de la pólvora conectada con la Casa Municipal por un puente cerrado. Dos de las joyas de la ciudad estaban frente a nosotros. La torre data de muchos siglos atrás, pero su construcción más reciente fue en 1475. Por un tiempo se erigió como puerta de la ciudad. Se llama así, porque en algún momento la usaron como depósito de armas y municiones. Por su parte, la Casa Municipal es de un art-noveau que hipnotiza. La torre oscura, la casa clara. La torre con un baño de luz amarilla parecía el suspiro de una memoria remota. La casa, en cambio, era una declaración de principios decimonónicos, un rostro con la barbilla levantada.
Desde abajo, el techo abovedado de la torre mostró sus ángulos que se encuentran, como las líneas de la mano, como las miradas de complicidad. Y desde adentro, la Casa Municipal, se nos figuró a Bellas Artes: mármol, columnas neoclásicas, luces tenues, techos altos, escalinatas, teatro de música clásica, un restaurante por acá, vitrales por allá. Lo que sí sorprendió fue la fortuita presencia de una mujer de largo vestido negro, cabello largo, maquillaje exagerado, uñas amarillentas, de entre las cuales salía un hilo de humo denso. Creímos encontrarnos con una bruja verdadera.
La caminata nocturna siguió hasta que una pequeña pizzería se cruzó por el camino. Una chica salía y pronunció las palabras mágicas: “es bueno y barato”. Entramos. Cynthia pidió una pizza, yo un espagueti con pura mantequilla. El chico que preparaba tenía una gorra con una bandera de arcoíris y cantaba a todo pulmón las canciones que sonaban en el radio. Entre canción y canción emergía el mismo tipo de voz de las estaciones comerciales mexicanas: grave, nasal, puntillosa. La piza de Cynthia era completa y casi se la acaba. Mi espagueti tuve que devolverlo porque me lo dieron con jitomate y cebolla. Compartimos una coca. La decoración de la pizzería, donde sólo podían comer dos personas de pie, consistía en banderines del Club de futbol italiano Roma.
“Bajar” la comida fue una razón más para seguir caminando. Sin rumbo fijo, llegamos a la plaza central. Allí el monumento a Jan Hus, reformador de principios del siglo XV (quien al ser quemado, profetizó: “Queman a un ganso, pero en cien años se encontrarán con un cisne que no podrán quemar”, en el siguiente centenario Lutero se identificaría como el ave de cuello en forma de ese); el reloj astronómico (que marca el paso del tiempo en distintos sistemas numéricos, incluyendo la posición del sol en las casas zodiacales y a cuyo relojero, el rey mandó a quitar los ojos para que no volviera a hacer uno igual); las torres gemelas de la cubierta iglesia de Tyn.
El río Moldava nos llamaba con su voz “salvaje”. Desde una orilla del río se descubrió el castillo al otro lado. El gran castillo, castillo grosso, castillo Guiness Records por ser la mayor construcción medieval de toda Europa. Para cruzar el río, habría que hacerlo, por supuesto, por el Puente del rey Carlos. Cualquier puente es un beso cualquiera, pero ese puente es como el beso del origen, el de Afrodita y Adonis, el del cielo y la tierra, el de dos que se reconocen y abrazan el universo en ese beso.
Precedido por una torre, el puente gótico de medio kilómetro de largo nos extendió su carpeta empedrada desde donde el Moldava parece una caricia de dedos dorados y alargados. Tocamos algunas estatuas, al más puro estilo de los ortodoxos católicos, esperando nos dieran suerte para volver. Al día siguiente un guía nos contaría el origen místico del río, construido bajo varias premisas de astrónomos: una, que se usaran huevos en su hechura (se han encontrado restos orgánicos en los materiales que lo componen, quizás porque el huevo sirve para evitar la erosión); otra, una serie capicúa de los números nones 135797531, que se tradujo como la fecha a inaugurar la construcción (año: 1357, día: 9, mes: 7, hora: 5:31). Pero esa noche no sabíamos eso, así que sólo tomamos fotos, reímos, nos abrazamos, guardamos silencio, miramos, admiramos.
Del otro lado del puente, seguimos callejeando. Encontramos curiosidades: gárgolas, vitrinas donde se venden suvenirs de alien, líquido para fumar sabor marihuana. Por un pasaje de arcos góticos encontramos a una chica en minifalda sentada en el descanso de una puerta, los ojos maquillados con brillos violeta. En inglés pregunté por la calle Vodickova, donde se encuentra un bar del que encontré recomendaciones en internet. Reconoció el acento, la piel, no sé y preguntó si éramos de Argentina. Aclaramos la nacionalidad y dijo con una sonrisa “América latina se está viniendo a Praga”. Reímos y seguimos. ¿Otra buena bruja?
Después de mucho caminar llegamos al bar U Sudu. La letra U se usa para designar bares, creo. Un cigarro prendido nos impidió entrar de inmediato. Lo terminamos afuera, mientras veíamos a una mujer con ropa casual, de unos cuarenta y cinco años tambaleándose de borracha. Cuando apagué el cigarro, entramos y descubrimos que está permitido fumar adentro. Cynthia quiso ocupar uno de los lugares de la entrada, pero insistí en sumergirnos más. Descendimos por una serie de pasadizos parecidos a los de un calabozo, donde había gente bebiendo, fumando, barras con vasos, futbolitos, distintos tipos de música. En la parte más profunda, parecida a una cava o a una habitación de torturas, decidimos quedarnos. Nos deshicimos de guantes, chamarras, bufandas, y suéteres para hacernos de dos tarros de dorada cerveza checa, a poco más de un euro cada uno. Terminamos y con él la excursión, pero no la noche.
El servicio de metro concluye a la media noche y entonces eran alrededor de las dos de la madrugada. Buscamos la estación de camiones que sustituye a la de metro. La estación de bus Museum nunca apareció, en cambio llegamos a la siguiente: I.P. Pavlova. Allí, en la calle, había varias personas esperando. Una pareja nos orientó: “pueden esperar quince minutos o caminar, su estación es la siguiente y está como a diez minutos todo derecho”. Esperamos. Subimos con un montón de gente. El camión se atiborró. A la siguiente estación bajamos con los pies cansados y los ojos desbordados de esplendor. El día siguiente sería aún más agitado.