Realidoflexia: Acción de modificar la realidad a través de dobleces, flexiones y torciones para conseguir lo irreal.

16 jul 2009

De un viaje

Gavillas solitarias de aves oscuras
cruzan el cielo naranja
abajo, enormes charcas agonizan

El sol depone su estúpida sonrisa
todo se oxida al lado de rejas y furgones

Letras flacas pastan en campos amarillos
el hambre galopa sin montura, hipnotizada

Arremolinado, subí hasta con mi parvada
"de regreso de la ciudad donde
fui piedra pulida por el agua"
les grazné.

17 feb 2009

Fortuita efe

Everest Landa


Flemático por una vida famélica, casi feneció por los funestos fervores fermentados y finiquitados sin ser ninguno para favor suyo facto. Mas, la fortuna fabricole una feroz faz ante la felonía constante. Floreció febeo, flamante, y armó una filigrana que fulminaría la falsa fe favoreciente de fantasmas fútiles y fantasías fatuas, mismos que le habían fintado.

Entonces enfiló por fuertes, fachadas formidables, fortalezas, favelas, freos, ferias y feudos flanqueados por fluviales. En todos fraternizó, recibió fiambres y frituras a cambio de las físicas comprobaciones del funcionamiento de su manufactura fina e hizo, en esto, funda fama. Por fantoche nadie lo tomó; por el contrario, su franqueza quedó en folios numerosos, lo mismo que la firma de la factibilidad de su far contra los referidos como “faltos de frente”, fuera ficticio o gente, flaco o fuerte.

Luego de franquear cuantas fronteras halló en pos de fundar el fuego de su fas a punta del fascinante ejercicio de su tejido, volvió con un fardo de flores a la finca de su familia. Filtró en ella los fustes de su filosofía y fruncieron todos la razón. Le pusieron al fronte el foco de una fulminante cuestión: ¿Y no es esa forma de filamentos, un ful tuyo, igual a aquellos que fustigaste en fueros fuereños?

Sintiose frustrado de nuevo: farol sin luz, frez del camino, frágil, frío, incapaz de focalizar la fisura en su alma. No hubo frescura ni flama que le devolvieran el fragor a sus frases, el fondo a su fida filia.

Cantó fandangos y fados en los fangos de su enfado. Fusiló cada figura por su facultad fijada.

Cuando no le quedó más, se fue sin fuerza por el frondoso camino del futuro sin fin a fingir una fúnebre fatiga, a festejar su nueva faseta.

21 ene 2009

Buenas voluntades

Me quiero poner a escribir sin interrupciones, roturas o grietas, porque quiero extenderme poquito, pero de un jalón, sobre eso que son las buenas voluntades.

Para empezar, creo que las buenas voluntades son irrupciones que hienden la cotidiana tarea de respirar, trabajar, tragar y cagar y nos refrendan las ganas de hacer algo más. Son la imagen de un caballo de palo o una ilusión inocente, una corazonada, la brillante palpitación de la gana por iniciar o sumarse en alguna empresa.

Por un lado, esas luces destellantes sirven para que --aunque sea por un momento-- las cosas del diario se opaquen y adquieran el sitio que les pertenece de nebulosa estaticidad. Entonces la buena voluntad es un impulso de movimiento, ola, viento o chasquido. Y hace tanta falta y resulta tan gratificante su existencia, que cuando surgen, se enciende algo en la penumbra, el mundo respira hondo y exhala vida.
Hacen falta más personas que flasheen, que relampagueen en estos cielos tan negros e inertes.

Pero, por otro lado, esas buenas voluntades casi nunca culminan y entonces enmohecen y se vuelven frustración. Devuelven al caballo de palo a su estante polvoriento, estorboso. ¿Qué niño quiere jugar con esos divertimentos cuando tienen a la mano video juegos? A la inocencia de la madera-cuerpo, la tela-cara y el estambre-crin la aplasta la plasta del día a día y la transforma en estupidez. El incendio de la estrella fugaz se reprime y desgasta antes de tornarse en sol al que le giren los planetas como palomas, dejando en su muerte un hoyo más oscuro del que había en su lugar. La (buena) voluntad queda incumplida por la flaqueza del tesón, del arrojo y se transforma en amarga voluntad. Por eso las buenas voluntades llenan las alcantarillas y apestan tanto, recordándonos en su putrefacción que casi siempre nacen imposibles.

Qué difícil fraguar lo intangible.